Oreja de mar, la desconocida de los fondos marinos


El tráfico de orejas de mar, caracoles marinos de la especie Haliotis midae, habitantes de los bosques de kelp, se ha convertido en un negocio muy lucrativo y carente de escrúpulos. Gourmets de China, Japón y Vietnam adoran su carne tierna y sus poderes afrodisiacos. Los furtivos, que suelen proceder del empobrecido sur de la provincia del Cabo, ganan unos 50 euros con cada kilo enviado a Asia, lo que ha provocado en varias regiones una guerra por los mejores “cotos de caza”.

De noche, las bandas salen al mar, bucean, buscan las colonias de estos animales, los separan de la roca con un cuchillo y los sacan de sus conchas. Un buceador experimentado puede recoger en una hora hasta 50 kilogramos de carne. La mafia china controla el negocio desde Johannesburgo y se encarga de transportar al extranjero la carne seca o congelada. Se estima que el año pasado más de 500 toneladas de orejas de mar llegaron al mercado negro. Los beneficios son enormes. En China, el precio del kilo se multiplica por cinco.
Desde 1999, una unidad especial de policía da caza a los cabecillas de las bandas. Con el apoyo de soldados de élite, han detenido ya a varios miles de furtivos. Esto provoca con frecuencia disturbios violentos con los aldeanos. Incluso si este expolio se pudiera frenar ahora mismo, la población de caracoles necesitaría decenios para recuperarse. Las orejas de mar sólo empiezan a procrear desde una edad de entre ocho y diez años; pero los furtivos suelen sacar incluso los ejemplares más pequeños. Lo más probable es que Haliotis midae sólo sobreviva en granjas: desde principios de los años noventa, trece empresas sudafricanas han comenzado la complicada cría de la especie.

Cuanto más rápido se merman las poblaciones de caracoles frente a las costas, mayor es el peligro de que los furtivos roben en las granjas. Victor Erasmus, propietario de una de ellas, vigila 500 piscinas de hormigón donde maduran millones de orejas de mar. Unas tapas de plástico les dan sombra, y los animales reciben kelp fresco, recogido por pescadores en sus lanchas. Un ordenador controla la temperatura y los datos químicos del agua. Una valla electrificada protege el recinto, y en el caso de la empresa líder, Irvin & Johnson, incluso se ha contratado a un equipo de ex soldados para proteger la cría.

Fuente: Mundo Geo

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