Algas marinas, diversidad marina en peligro de extinción


Los fondos marinos albergan una biodiversidad difícilmente comparable con cualquier otra zona del planeta. Los fondos repletos de algas gigantes, a modo de jungla submarina, son el sustrato perfecto para el refugio de cientos de especies de animales marinos.

Cientos de brazos babosos se extienden para agarrarnos, nos rozan el rostro con trapos de un metro de longitud y se nos enredan en las piernas. Nos sacuden como si quisieran ahuyentar a los intrusos, aplastarlos dentro de sus hojas verdinegras. De repente, los tentáculos nos sueltan, y la corriente nos empuja hacia adentro, hacia las oscuras fauces del bosque de Rocklands Point, en la bahía False, al sur de Ciudad del Cabo (Sudáfrica ). Una verdadera selva que crece sobre el suelo marino, a doce metros de profundidad.

Los árboles de esta jungla subacuática se llaman kelp. Según su diseño, estas plantas pertenecen a la forma botánica más sencilla que hay: las algas. Concretamente algas marrones del género Laminariales, por lo que sus largas frondas en realidad no son hojas, sino órganos de fotosíntesis bastante menos complejos. Y el fino tejido de hilos que ancla las gigantescas matas sobre la roca es lo que los botánicos llaman rizoides. Como todas las algas, esta planta utiliza el cuerpo entero para absorber los nutrientes que encuentra en el agua. Pero a pesar de su sencillez biológica, ninguna planta marina supera en tamaño al kelp. Las matas de Ecklonia maxima, por ejemplo, en cuyo territorio hemos penetrado, pueden alcanzar alturas de hasta doce metros. Y la mayor de las cien especies de kelp que existe en el mundo, la Macrocystis pyrifera, supera los 60 metros.

Biodiversidad marina


Para su desarrollo, necesitan aguas ricas en nutrientes que se encuentren en movimiento La región donde este fenómeno se muestra más fuerte rodea la punta suroeste de África: es aquí donde la corriente de Benguela –agua muy fría procedente del fondo abisal del Atlántico Sur– bombea hacia el cabo de Buena Esperanza agua fría y rica en nutrientes proveniente de las capas inferiores de los mares de la Antártida. Por otro lado, la corriente de Agulhas , con aguas calurosas provenientes del océano Índico, merma la fuerza de la corriente de Benguela, y los arrecifes tropicales de coral toman el relevo del mundo de los bosques subacuáticos. Gracias a la interacción de ambas corrientes, las aguas de Sudáfrica figuran entre las que albergan más biodiversidad a nivel mundial: aquí viven más de 11.000 especies animales y 800 especies de plantas. Alrededor del 40% de ellas se consideran endémicas, es decir, no existen en ningún otro lugar.

En el suelo de la selva se oculta la parte más exuberante del biotopo: ascidias, corales peluche (Briareum asbestinum) y gusanos marinos (Sabellidae) alzan tentáculos relucientes, ofiuras (Ophiuroidea, semejantes a las estrellas de mar) se estremecen con cuerpos de rayas rojas y marrones. Sobre cada centímetro del arrecife se apretujan animales pequeños, alzando con codicia abanicos, sombrillas, cuencos peludos, redes de filtraje y otros órganos con los que capturan los nutrientes que trae la corriente. En las rendijas de las rocas se ocultan docenas de cangrejos y langostas tan grandes como un antebrazo. Y en los cañones donde la corriente es especialmente fuerte están, camufladas como piedras, las orejas de mar , los mayores animales de pasto del bosque de kelp. La concha de este caracol, que en Sudáfrica se conoce como perlemoen, fácilmente alcanza las dimensiones de una piña. En la “raíz” de una sola mata de kelp a menudo se cobijan más de cien especies.

Epifitas como el alga roja Plocamium corralorhiza o la especie de kelp Laminaria pallida, de tamaño pequeño, aprovechan las raíces de las Ecklonias como lugar de anclaje, formando a su vez un matorral espeso donde descubrimos todo un ejército de pequeños cangrejos , babosas moteadas con puntos marrones (Gastropoda) y la opaca y blanda pared del huevo del tiburón gato. “A contraluz a veces incluso se ve la silueta del embrión”, dicen el biólogo marino Rob Anderson y sus colaboradores de la Seaweed Research Unit (Unidad de Investigación de Algas), de la Universidad de Ciudad del Cabo, después de la inmersión.

Fondos marinos


Hace más de 20 años que Charles Griffiths, catedrático de zoología de la Universidad de Ciudad del Cabo , estudia estos fenómenos. Podría decirse que ha trasladado un trocito del bosque submarino a su oficina: una larga cadena de erizos de mar decora la ventana, la mandíbula de un tiburón gato, el armario; encima de la puerta cuelga un gigantesco abanico de coral.

Los arbustos de kelp crecen con tanta rapidez que su biomasa se multiplica por seis cada año. Pero, según las investigaciones, sólo entre el uno y el dos por ciento de esta abundante comida es devorado directamente en la planta por herbívoros como lapas, orejas de mar e isópodos marinos. La mayor parte de la vegetación del kelp llega a la red alimenticia en forma de jirones y partículas muertas que flotan en el agua. Y la fuerza de las olas del Atlántico arranca permanentemente las partes marchitas o incluso la planta entera. Una pequeña porción es arrastrada a la playa o mar adentro. El resto, alrededor del 94% de toda la materia del kelp, se queda para organismos que filtran sus alimentos, como las esponjas, los corales o las ascidias y para aquellos que se alimentan de los desechos que caen al suelo, por ejemplo, los erizos de mar. Precisamente, la embestida de las olas que sacuden el bosque de kelp día y noche mantiene la gran diversidad de este ecosistema. El ímpetu de las olas de hasta siete metros de altura empuja nubes de partículas a través del matorral.

Por un lado, el bosque amortigua la fuerza de las olas. Por otro lado, las algas traídas por el mar figuran entre las más importantes fuentes de alimentos de los habitantes de la playa y las rocas. El oleaje lleva a la costa toneladas de materia vegetal. Y al cabo de tan sólo quince días, entre el 60 y el 80% de la biomasa encallada es devorada. En una sola hoja de kelp pudriéndose sobre una roca, científicos sudafricanos identificaron 27 especies. También el hombre saca provecho de ella. Hace más de 400 años, las etnias de la costa oeste de Sudáfrica la recolectaban, molían las hojas para elaborar medicinas y tallaban instrumentos de viento a partir de los troncos de Ecklonia maxima, huecos por dentro, que mantienen la planta recta, como si un globo estuviera atado a ella.

Fuente: Mundo Geo

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