Historia del submarinismo 4. Equipos acorazados


Los equipos acorazados son aparatos individuales completamente estancos y lo suficientemente resistentes para soportar la presión del agua hasta una profundidad determinada, permitiendo al buzo permanecer en su interior a la presión atmosférica. Dentro de esta categoría están los trajes articulados o rígidos, las cámaras de observación submarina, los batiscafos y bentoscopios y las cámaras de rescate para submarinos hundidos.

A lo largo de casi tres siglos, las dificultades en este campo siempre han sido las mismas: conseguir que el equipo sea lo suficientemente resistente para que no le afecte la presión exterior cuando se encuentra a gran profundidad, y que las juntas de brazos y piernas sean flexibles y estancas. Asimismo, era necesario compensar la rigidez de estos equipos, hecho que dificultaba la mobilidad bajo el agua.

Pese a que en ocasiones estos mecanismos prestaron un servicio a la hora de rescatar tesoros hundidos o de realizar salvamentos de pecios, su principal función ha sido la colocación de cargas explosivas y guiar los grampines de extracción.

Los orígenes

Aunque existen referencias de equipos de estas características que datan del año 1.700, no es hasta 1.715 que tenemos la primera referencia de un equipo acorazado. Se trata del Lethbridge, un invento de un carpintero de Devonshire (Reino Unido).

Se presume que el equipo constaba de un tonel de 1,8 metros de longitud y 75 centímetros de diámetro en la parte de la cabeza. En los pies el diámetro era de la mitad, siendo la capacidad del aparato de unos 110 dm3. El buzo se introducía por la apertura hermética, situada encima de la cabeza. El cilindro constaba de dos oberturas para sacar los brazos y coger instrumentos.

El aporte de oxígeno se hacía subiendo a la superficie y renovando el aire mediante dos oberturas posteriores que permitían cambiar el aire del compartimento sin necesidad de abrir el traje. Así pues, este equipo presentaba el inconveniente de tener que salir periódicamente para renovar el aire.

Siguiendo este diseño, el español Cervo ingenió en 1831 una esfera de madera que respetaba los principios de Lethbridge. Cervo esperaba que la estructura esférica le permitiría compensar parte de la presión del agua al no ofrecer superficies rectas. Lamentablemente este invento no llegó a buen puerto y probablemente fue aplastado por la presión en la primera inmersión realizada.

Los toneles submarinos

El diseño de Lethbridge sentó cátedra, y durante más de un siglo todos los artilugios siguieron el mismo patrón: una cámara estanca con renovación del aire en superficie. Fue la época de los toneles submarinos.

El mecanismo de renovación total del aire requería que la cámara fuera lo más grande posible para albergar más oxígeno y alargar así el tiempo de inmersión. Así pues, los diseños fueron cada vez menos aerodinámicos, llegando finalmente a la forma de barriles, capaces de contener mucho más aire.

Le Batteux construyó en 1853 el llamado Tonel Buzo, de extremada simplicidad, que estaba compuesto por un auténtico tonel de madera con dos agujeros taladrados para sacar los brazos y provistos de guantes de cuero para impedir la entrada del agua. Asimismo, iba equipado con un tragaluz que permitía la visión exterior e iba sujetado por un cable que lo unía con la superficie.

En 1855, Collonge mejoró el diseño de Batteux, convirtiéndolo en un compartimiento de hierro y con una importante novedad: un tubo que unía la cabina con la superficie y aportaba aire al buzo.

El modelo de Collonge supuso una revolución en el diseño de estos equipamientos. El espacio ya no era un problema, por lo que el diseño podía empezar a estilizarse. Nacen así los trajes y las batisferas.

Fuente: Thalassa

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